¡Por fin! ¡Ya estoy en casa! Los hospitales los odio. Son como jaulas. Además, menudo compañero de habitación me ha tocado. Un viejo que se pasaba todo el tiempo contando historias de la guerra mundial, que tío tan plasta. No me extraña que su mujer haya muerto… ¡Yo también me habría muerto! Si es que… ¡Qué dolor! Que Brahma bendiga a esa mujer, porque vamos… ¡Lo que tiene que ser 70 años escuchando sus tontas historias de la guerra mundial!
- ¡Tilín, tilín, tilín! –
- ¡Madre! ¡Llaman al timbre! –
- Vale hijo. Ya voy. –
- ¿Quién es? –
- Son tus amigos. –
- ¡Ah! Diles que pasen. –
- Vale. Les diré que estás en el cuarto. -
Después de un rato…
- ¡Hola tío! ¡Bienvenido! –
- Gracias. Os estoy muy agradecido de que hayáis ido a verme al hospital. –
- ¡No nos des las gracias! Tú sabes que para nosotros eres un gran colega. Jamás te vamos a fallar. Los amigos están para lo bueno y para lo malo. –
- ¡Un abrazo compadres! –
- Eso sí, a quien se lo tienes que agradecer es a Aisha. Ella fue quien llamó a la ambulancia. –
- Que raro que no haya venido con vosotros… -
- Ya… ¿La llamamos? –
- No. Déjalo. Tendrá cosas mejores que hacer. –
- Bueno… Como quieras chaval… -
- ¿Os apetece ver una película? –
- ¡Vale! Pero… ¿Cuál es? –
- Es Avatar. –
- Vale. Nos apuntamos. –
- ¿La pongo desde el principio? –
- Como quieras. –
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